por Pedro García
Fluxart, Viernes 14 de Mayo
El poema sólo se remite al poema. Carlos Olalla prosigue desgarrando el cuerpo de un extenso poemario (“Coto cerrado”, San Felipe 2009-2010 hace el nº26 ) que nos pone sobre la pista de
que principio y fin son hilos de un mismo tronco.
Las resonancias poéticas se obstinan detrás de las máscaras y se muestran pertinazmente esquivas, quizás vencidas de antemano por no llegar a completarse del todo.
Asumida la derrota, el tono recobra la distancia justa para abordar los despojos bajo una luz más secreta y austera.
El lenguaje se va deshaciendo y, quizás, las palabras ya no creen en las palabras.
Aunque se resistan a claudicar, es inútil. Saben ya que el final está
cerca.
DOS POEMAS DE CARLOS OLALLA
II.
ADIÓS A LOS AMIGOS
Me pregunto qué pretendéis todavía,
qué mano sin razón aún os propone
el nuevo reparto con voz impoluta.
Nada queda que podamos llamar nuestro.
Decidme ahora,
¿de qué queréis que hablemos?
Hemos alargado la cuerda, se tensan
todos los instantes preferidos, quieren
romper las amarras.
¿Acaso queréis
que volvamos a distribuir las voces,
o soñáis con que la vida recomience
a servir sus sitios, quizás la muerte
a reconsiderar su juego? Decidme
en nombre de qué, de quién, queréis que escriba
cuando se han abierto las ventanas, entra
un aire que dispersa el pútrido humo,
se alzan las sillas, se limpian las mesas,
recoge una mano severa los restos
de la noche, algún dinero, las cartas.
III.
SUEÑO AL SOL
Viene a la ciudad por la mañana.
Alguién, al pie de un taxi, le espera.
Inicia entonces la senda usada,
el paso impedido por los libros,
Bukowski seguro en uno de ellos,
quizá también Ginsberg y Cortázar.
Reconforta ver cómo se pudre
la voz antigua dentro del cuerpo
cuando al rato, terco, en una mesa
le chorrea leche de los labios.
Sabe que la hora se avecina
de enhebrar la sarta de sandeces
que su público reclama,
sabe
que esta es otra forma de victoria,
no mejor ni peor, otro modo
de paz, de descanso entre los ojos
que le miran.
Entre cita y cita
sabe que se burlan.
Él resiste,
pues ya no le importa nada sino
fumar y ese banco, siempre el mismo,
a solas en medio de la gente,
uno en la luz, una sola el alma
bajo el blanco sol que así le sana.